En la región de Tarapacá, la aridez domina el paisaje hasta el mismo borde donde la tierra se quiebra contra el Pacífico. Esa fractura entre el desierto y el océano, una franja litoral de pocos kilómetros de ancho moldeada por la corriente de Humboldt y la camanchaca, ha funcionado como un corredor biogeográfico y cultural que conecta el mar con los valles interiores.
El borde costero entre Pisagua y el río Loa conserva la memoria de sus antiguos habitantes. En el siglo XIX, cronistas y viajeros documentaron a los pescadores conocidos como changos o camanchacos, quienes navegaban sobre balsas de cuero de lobo marino y participaban en el comercio marítimo de la época.
En octubre de 2020, el Estado chileno promulgó la Ley 21.273, que reconoce al pueblo chango como etnia indígena. El texto legal es explícito: “Son changos las comunidades costeras ubicadas principalmente desde la II a la V Región”. La delimitación no incorpora al litoral de Tarapacá en la legislación que, además, establece: “proteger especialmente el hábitat de este pueblo originario, constituido por el borde costero, playas, islas y roqueríos, así como la biodiversidad y ecosistemas marinos que garantizan su desarrollo y supervivencia”.
El proyecto El último espacio, basado en fotografías, diálogo y gestión periodística, presenta imágenes del paisaje costero de Tarapacá y sus habitantes. La obra se despliega como un recorrido visual, una interpretación y un acto de memoria. Un relato que invita a observar aquello que permanece en los márgenes; una historia sobre una identidad ausente y un territorio que la ley aún no termina de nombrar.
Un largo viaje comenzó hace más de quinientos años. Para la ocasión vistieron con tejidos de fina hilatura, en intensa combinación de rojo y amarillo. Llevaron consigo cerámicas, ornamentos de oro y conchas que consideraban hijas de la mar, “madre de todas las aguas”.
Los vestigios arqueológicos de la Capacocha del cerro Esmeralda pertenecen a un imperio sorprendente, con avanzados logros y decidido a mantener la reciprocidad entre lo humano y todo lo venerado.
Por entonces, a los pies del cerro Esmeralda, poblaciones de pescadores, cazadores y recolectores habitaban la extensa y árida costa de Tarapacá.
«En la región comprendida entre Los Vilos e Iquique, las tribus pescadoras que habitaban las caletas abrigadas de la costa se han conocido bajo el nombre genérico de Changos», detalla un estudio del arqueólogo inglés Ricardo E. Latcham.
En su trabajo, publicado en el año 1910, Latcham recoge investigaciones históricas que dieron forma a la etnografía americana de Chango: «No es de extrañarse que se haya tan poca mención de este pueblo; pues ocupaba el litoral de una región que en tiempos de la colonia era casi completamente desconocida; situada entre los dos virreinatos de Chile y Perú; bordeando el desierto casi intransitable».
En septiembre de 2020, Catalina Soto Rodríguez, Doctora en Estudios Latinoamericanos de la universidad de Chile, sostuvo que la región de Tarapacá, “en términos paisajístico y culturales se hermana con el sur peruano, aunque tiene algunas particularidades. Por la costa desde Pisagua hasta el río Loa no existen quebradas o ríos que desemboquen en el mar, es por eso que se denomina costa arreica, un área en que las poblaciones dependieron de pequeñas aguadas y del desarrollo de tecnologías de recolección de agua lluvia de la niebla matinal o camanchaca”.
La Región de Tarapacá fue «separada desde el año 2007 de Arica, con la que se mantuvo como una unidad administrativa desde la regionalización realizada en 1974. Esta delimitación proviene de la anterior provincia de Tarapacá, definida luego de la invasión chilena a territorio peruano en la Guerra del Pacífico. Sin embargo, en época peruana, Arica pertenecía a la provincia de Tacna en el departamento del Litoral, que incluía a la provincia de Tarapacá”.
Hrvoj Ostojic Peric, historiador e investigador, se refirió a la presencia de los Changos o Camanchangos en Iquique. “Donde había algo de agua, mala con arsénico pero ellos no lo podían definir. Si había pesca y protección del viento, se quedaban más tiempo. Uno de los lugares fue Iquique porque había agua en Cavancha, Bajo Molle en El Morro, la ex aduana». Ostojic agregó que: “El único hilo conductor que existe en la región de Tarapacá, que es maravilloso y sólido, es la balsa de cuero de lobo que tuvo uso industrial durante la colonia, la república peruana y chilena”.
«Para que tuviéramos más o menos en conciencia la lucha de este pueblo», el antropólogo Luis Campos de la universidad Alberto Hurtado, expuso parte del proceso histórico que permitió el reconocimiento de «un pueblo que ha estado ahí durante años y que ha sido invisibilizado, marcado muchas veces por la discriminación y la exclusión». Sin embargo, añadió que “la presencia de los Changos ha sido testimoniada desde tiempos inmemoriales, pero en algún momento fueron pensados y vistos a partir de la categoría de extinción, que fue aplicada a muchos pueblos de Las Américas dentro de los procesos de colonización que se vivieron en el continente”.
En el caso de los Changos, “hay un proceso que marca su presencia, a finales del siglo XIX aparecían en los censos de Bolivia con los apellidos, sobre todo la gente de Paposo y Taltal. Al final de los 50, el arqueólogo Hans Neimeyer visitó la caleta Chañaral de Aceituno, también hay menciones con respecto a la balsa de cuero de lobo marino en Paposo y Taltal. En los 70, en la discusión de la Ley Indígena durante el Gobierno de Salvador Allende, se hace mención a la existencia de más de 20 mil Changos y Diaguitas en ese momento”.
Luis Campos complementó que en el año 2007 surgió el primer proyecto de Ley para el reconocimiento del pueblo Chango. «Luego de eso, la invitación a participar en varios procesos de consulta con los Changos. En el año 2018 el Ministerio de Desarrollo Social, a pesar de todos los antecedentes desplegados, va a solicitar más antecedentes y va a solicitar un estudio específico que va a hacer una consultora. En enero de 2020 Antes del reconocimiento, se realiza la conformación del Consejo Nacional del Pueblo Chango. Luego se da el reconocimiento y en el año 2021 la posibilidad de participar en la Asamblea Constituyente, es un largo camino que se ha dado”.
Desde octubre de 2020, la Ley 21.273 reconoce al pueblo Chango como etnia indígena de Chile, «principalmente desde la II a la V región». El cuerpo legal no incorpora al litoral entre Pisagua y el Río Loa en la disposición que establece: “Proteger especialmente el hábitat de este pueblo originario, constituido por el borde costero, playas, islas y roqueríos, como asimismo la biodiversidad y ecosistemas marinos que garantizan su desarrollo y supervivencia”.
Para Mauricio Gallardo, abogado y académico de la universidad Arturo Prat de Iquique, el texto del artículo 1 y 65 bis de la Ley Indígena está bajo cuestionamiento ciudadano. «A primera vista, pareciera que los tarapaqueños que quisieran identificarse como parte del pueblo Chango quedarían excluidos de dicho reconocimiento legal, toda vez que las normas citadas no incluyen expresamente a la Región de Tarapacá dentro del territorio que ocuparía dicha etnia. Sin embargo, el legislador dejó abierta una ventana en ambos artículos para su inclusión, ya que la enumeración de etnias a que se refiere el artículo 1°, y la lista de regiones indicadas en el artículo 65 bis, no son taxativas ni excluyentes, sino que permiten la incorporación de otras comunidades o territorios, respectivamente, de tal manera que los residentes de Tarapacá que se identifiquen con el pueblo Chango podrían perfectamente pedir a la CONADI que se les reconozca como tal».
Asimismo, Gallardo expuso que ”pareciera indiscutible que quienes habitan las distintas caletas y asentamientos costeros de nuestra Primera Región, desde Pisagua hasta la desembocadura del Río Loa, comparten costumbres, dietas, y medios de subsistencia propios del Pueblo Chango, de tal manera que, además de estar habilitados para autoidentificarse de manera individual como indígenas, podrían convocarse en una Asamblea Constitutiva para obtener la personalidad jurídica de Comunidad Indígena en los términos establecidos en los artículos 9° y siguientes de la Ley Indígena, tal como recientemente lo hicieran los Changos Álvarez Hidalgo y descendencia, oriundos de la caleta Chañaral de Aceituno, Región de Atacama».
Al momento de reflexionar en torno a la Ley que reconoce al pueblo Chango, Fernando Tirado, chango vileño, (ex) convencional constituyente, buzo mariscador, sostuvo: «La Ley, como hoy está corta la cadena cultural. La historia es la historia, nosotros somos hijos de la cultura Chinchorro, así que hay una cadena cultural que es innegable. Los Changos son parte de la historia de los Chinchorros y también de los Chonos».
Tirado agregó que «la ley quedó media trunca porque no abarcó más allá (…) y los criterios que se usaron. Hubo un estudio que mandó a hacer el Ministerio de Desarrollo Social, eso fue a la rápida porque no había un interés de que el pueblo Chango fuera reconocido. Junto con la gente de la Tercera y la Segunda Región hicimos fuerza común para incidir en que este tema se visibilizara, por la historia, la cultura y las tradiciones. Sin bien es cierto se perdieron los apellidos, la raíz cultural no se cortó. Soy buzo pescador, vengo de una vida muy antigua de la pesca».
A 53 kilómetros al sur de Iquique, en caleta Caramucho, vive, “hace bastante tiempo”, Pedro Castillo Correa, buzo y pescador artesanal. “Deben ser un poco más de veinte años. La verdad es que esta caleta se compone de buzos pescadores y mariscadores de Iquique. Es la última caleta que el Estado legalizó, todas las otras caletas se legalizaron antes ya que llegaron muchas personas de la Tercera y Cuarta Región con necesidades labores, y nosotros fuimos los últimos. Pero la diferencia entre una caleta y otra la hacemos nosotros, ya que siempre hemos privilegiado el trabajo de buceo apnea para preservar los recursos marinos y no depredar”.
Pedro, quien integra el sindicato de buzos de Caramucho, se refiere al buceo apnea como “el esfuerzo que uno realiza para trabajar sólo con la capacidad pulmonar, luego salir a respirar y bajar, lo que nos permite bucear como máximo dos a tres horas, implica un esfuerzo físico, netamente artesanal. Por ejemplo, un buzo apnea puede sacar hasta mil erizos. Sin embargo, con una máquina arriba de un bote puede sacar hasta diez mil erizos, hay una gran diferencia. No dejan que el mar siga su ciclo normal y el que termina perdiendo siempre es el buzo pescador. Se dicen llamar pescadores artesanales e implementan embarcaciones con máquinas. La mar es nuestro sustento y hay que cuidarla, además de apegarse a la normativa que tiene el Estado, aunque se dictan leyes pero no tienen gente para que las controlen como debe ser, en el industrial y el semi artesanal. El artesanal, difícilmente porque la gente que trabaja como nosotros no tiene la capacidad para depredar. Nosotros privilegiamos y enseñamos a los que vienen que debe ser apnea. Son cuatro o cinco generaciones para atrás que comenzaron sólo con la máscara. Prácticamente, buceaban desnudos o en calzoncillos para tener algún recurso del mar, sin traje ni nada, era lo que se podía. Finalmente, nos dimos cuenta que eso nos daba resultado y nos da resultados hasta el día de hoy”.
Desde 1988, Juan Ávalos Cáceres, presidente de la Federación Regional de Buzos Mariscadores de Tarapacá, trabaja en caleta San Marcos, ubicada a 110 kilómetros al sur de Iquique. La Federación agrupa a 16 sindicatos, cada uno reúne a más de 50 personas. «Venimos de generación en generación. Cuando llegué a San Marcos había cuatro o cinco personas, dos o tres embarcaciones; hoy en día hay más de 40 embarcaciones y una población que llega a las 500 personas, todas dedicadas a la mar», relata.
Con casi tres décadas de experiencia, el buzo mariscador identifica con claridad el impacto de la industria extractiva en la biodiversidad y el ecosistema local. «Esta es una de las caletas más productivas de la zona norte, y todo el pescado que sale de acá es para consumo humano: la pintacha, la cabrilla, el lenguado, la corvina, el congrio, el monito, el pejeperro, el acha. Hoy las autoridades se han propuesto decir que la pesca está en decadencia, igual que todos los productos del mar, y yo le podría decir que es una gran mentira porque los productos del mar se dan por ciclos. El pescado dicen que corre; depende de las corrientes, muchas veces se pierde y después viene a desovar acá mismo. Lo que afecta es que hay un sector donde están los industriales, de las cinco millas para afuera hasta una milla trabajan con cerco. Se llaman artesanales, pero son semi-industriales. Esa parte es la que más daño hace, porque esa gente vende a la industria; ese pescado lo entregan a la industria, son cerqueros», explica.
Juan Ávalos advierte sobre los riesgos de proyectos industriales cercanos: «No hay empresa en el mundo que no contamine, y se lo digo porque acá quieren instalar una planta para producir energía eléctrica, y va a pasar a 100 metros de nuestra área de manejo y a 100 metros de donde tenemos agua para cultivar. ¿Usted cree que no va a haber impacto? Yo creo que sí. Todos dicen que hay estudios que no pasa nada con el impacto ambiental, pero por el conocimiento que tenemos, por los años que tenemos de trabajo, sí va a contaminar, y con el tiempo nuestros nietos no conocerán el marisco, somos conscientes de eso».
A lo largo de la costa árida de Tarapacá, entre Pisagua y el Río Loa, los buzos mariscadores realizan una extracción «artesanal, no industrial, de especies bentónicas, y también algunas personas trabajan especies pelágicas», detalla Ávalos. «Hemos sido colonizadores de la costa a lo largo de todo el país. Muchos amigos de Los Vilos están trabajando en otros lados, como en Coquimbo e Iquique», comenta antes de referirse a la Ley Indígena que reconoce al Pueblo Chango: «Tenía entendido que en el parlamento se pronunciaron para que los pescadores fueran considerados como Pueblo Chango a nivel nacional, porque venimos de generación en generación. Se han formado caletas, y de las caletas se han formado pueblos, como es el caso de San Marcos; también se ha pasado de caleta a ciudad, como es el caso de Iquique».
Los resultados de un estudio basado en el análisis comparativo de sitios arqueológicos en la costa desértica de Tarapacá, publicado en 2011, establecen «que ciertos elementos y rasgos arquitectónicos utilizados por las poblaciones costeras permanecieron invariables y comunes a la región desde el período Arcaico Tardío en adelante».
El análisis da cuenta de sitios en Pisagua, Caleta Los Verdes, Caleta Sermenia, Pabellón de Pica, Punta Chomache, Punta Blanca, Caleta Huelén Alto y Caleta Huelén 42.
Asimismo, incorpora «información inédita» de sitios estudiados en Punta Patache, sector que describe como «sumamente significativo», ya que en el litoral rocoso de la «unidad cultural Cáñamo Patache», se registran 20 sitios arqueológicos que «abarcan un amplio rango cronológico» y donde «se concentra gran cantidad de restos culturales».
En excavaciones que no superan los 50 centímetros de profundidad se han encontrado «restos culturales» entre los que destacan «anzuelos de cactus, cordelería de fibra vegetal, de pelo humano y de lana de camélido de diversos colores, lienzas de algodón, fragmentos de tejidos de lana en colores azul, rojo y café natural; placas de hueso perforadas, sandalia de cuero confeccionada en piel de lobo marino, tablas de madera de cactus con orificios en los bordes (posibles deformadores craneanos), espátula de madera, fragmentos de astas de proyectil, mango de madera con ranura para hoja de cuchillo y desconchadores de mariscos en costillas de lobo marino».
En el año 1979 Rigoberto Vargas llegó hasta caleta Cáñamo. “Venía de Río Seco, que antes se llamaba la caleta del piojo». Rigoberto, siempre ligado al mar, aprendió la pesca por la gente mayor. «Ellos siempre quisieron que esto siguiera, antes para la gente no había mucha educación todo era la pesca. Con el tiempo la gente se dio cuenta que no todo era la pesca, que el trabajo en la mar es muy complicado, más ahora que no hay productos, se están exterminando».
Oriunda de Taltal, Milenka Quezada Torres hoy reside en caleta Cáñamo, a 68 kilómetros al sur de Iquique. «Con mi familia desde el año 1982, tenía ocho años, hace más de cuarenta años que vivimos en esta caleta. Cuando llegamos no había nadie, teníamos nuestro ruco y vivíamos acá prácticamente fijo. Después nos fuimos a Iquique porque teníamos que estudiar, pero mi familia, los trabajadores, se quedaron acá. Todos son pescadores, buzos y mariscadores; vienen desde Coquimbo, La Serena, Chungungo, desde allá vienen trabajando», relata.
Actualmente, Cáñamo carece de energía eléctrica, agua potable y alcantarillado. Ubicada en una zona de sacrificio compartida entre la pesca artesanal y la industria extractiva.
Milenka, parte del Sindicato de Pescadores, Buzos Mariscadores, Algueros y Recolectores de Orilla de Cáñamo, que agrupa a 37 socios, sostiene que: «Es muy necesario que se reconozca a la gente de raíz pescadora, que viene de pescadores antiguos. Es muy necesario porque en muchas caletas hay gente que viene del sur y que en el fondo son Changos, sus raíces son de pescadores artesanales, y en la Primera Región no están reconocidos».
«Hacia el 95, más o menos, llegó la primera empresa, que fue Collahuasi», recuerda Milenka. «Ellos se instalaron ocupando los lugares que nosotros como pescadores ocupábamos, por lo que se fue reduciendo la pesca y el buceo. Llegó mucha gente de afuera a trabajar como huirero, que antes acá en la región no existía, pero llegaron las mineras y ocuparon mucho espacio que nosotros utilizábamos. Ahora no tenemos acceso a esos espacios».
Con preocupación, Milenka se refiere al futuro de la pesca artesanal y describe desolación. «El trabajo artesanal acá en Cáñamo se va a perder porque tenemos dos empresas grandes. Se está construyó otro mega puerto acá, de Teck Quebrada Blanca, y también ocupa muchos espacios que utilizaban los buzos mariscadores, porque de pesca acá queda muy poco y ya no está dando para vivir. A los buzos mariscadores tampoco les está dando para vivir. Incluso ahora están prestando servicios a la misma minera, con sus embarcaciones, su trabajo, haciendo guardia. Por eso creo que en unos quince años más el pescador de esta zona se va a perder».
En el mes de enero de 2019 y a 60 kilómetros al sur de Iquique, en caleta Cáñamo, fueron halladas cuatro fosas mortuorias, «restos humanos con ropas completas, incluidos turbantes y sandalias de vivos colores y avanzadas técnicas de confección». Informó Teck, la compañía canadiense a cargo de la ampliación del proyecto minero Quebrada Blanca 2 (QB2).
La firma con sede en Vancouver, comunicó al Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) acerca de restos arqueológicos en medio de una zona industrial, donde actualmente son ejecutados trabajos «para el embarque de concentrado de minerales para su transporte a los mercados».
Mauricio Uribe, consejero del CMN, sostuvo que los restos del hallazgo arqueológico «son tan antiguos que no tenemos evidencias para saber cómo ellos se denominaban». También como representante de la Sociedad Chilena de Arqueología, Uribe señaló que las ropas y los artefactos desenterrados permiten conocer sobre «los rituales funerarios, el cariño por los niños al ofrendarlos con tantas piezas. Se trata de una fotografía de las poblaciones antiguas, de gran calidad, y que nos permite ver el ciclo de la vida y la manera en que vivían». El arqueólogo aclaró a la prensa que el hallazgo corresponde a poblaciones costeras «anteriores a que aparecieran los grupos étnicos que hoy día conocemos como Changos, Aimaras y Atacameños».
Financiado por Fondart Regional 2025
Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes
El último espacio, derechos intelectuales.
Nº de inscripción: 2026-A-10526